05 febrero, 2022

Razones para dar puerta a Spotify
que no tienen nada que ver
con Joe Rogan

La subida a la red de Neil a vuelo de pájaro.

Desde NYA Times-Contrarian.

As welcome as the recent protests are, they do not address the fundamental injustice of the streaming economy.

Reasons to Abandon Spotify
That Have Nothing to Do with Joe Rogan


By Alex Ross, The New Yorker
Por muy bienvenidas que sean las recientes protestas, no abordan la injusticia fundamental de la economía de la música en continuo.

Razones para abandonar Spotify
que no tienen nada que ver con Joe Rogan

5 de febrero de 2022.

Por Alex Ross, The New Yorker.

It is good to see Spotify suffer, at least in the short term. The Swedish streaming service has fostered a music-distribution model that is singularly hostile to the interests of working musicians. It pays out, on average, an estimated four-tenths of a cent per stream, meaning that a thousand streams nets around four dollars. That arrangement has reaped huge profits for major labels and for superstars while decimating smaller-scale musical incomes—as perfect an embodiment of the winner-takes-all neoliberal economy as has yet been devised. Various artists have tried to stand up to Spotify over the years; Neil Young is the first who might be causing the company real harm. He recently asked for his music to be removed in response to the peddling of COVID-19 misinformation by the podcaster Joe Rogan, who has a licensing deal with Spotify reportedly worth a hundred million dollars or more. Joni Mitchell followed suit, saying that “irresponsible people are spreading lies that are costing people their lives.” Even Prince Harry and Meghan Markle have been “expressing concerns.”

Es bueno que Spotify sufra, al menos a corto plazo. El servicio sueco de emisión en continuo ha fomentado un modelo de distribución de música que es singularmente hostil a los intereses de los músicos que trabajan. Se calcula que paga una media de cuatro décimas de céntimo por reproducción, lo que significa que mil reproducciones suponen unos cuatro dólares. Este acuerdo ha reportado enormes beneficios a las grandes discográficas y a las superestrellas, mientras que ha diezmado los ingresos de los músicos minoritarios, lo que constituye una encarnación perfecta de la economía neoliberal en la que el ganador se lo lleva todo. Varios artistas han intentado plantar cara a Spotify a lo largo de los años; Neil Young es el primero que podría estar causando un daño real a la empresa. Recientemente pidió que se retirara su música en respuesta a la información errónea sobre el COVID-19 del presentador Joe Rogan, que tiene un contrato de exclusividad con Spotify por un valor de cien millones de dólares o más. Joni Mitchell siguió su ejemplo, diciendo que "gente irresponsable está difundiendo mentiras que le están costando la vida a la gente." Incluso el príncipe Harry y Meghan Markle han "expresado su preocupación".

As welcome as the protests are, they do not address the fundamental injustice of the streaming economy. Young conspicuously failed to mention Spotify’s payment structure in his statement, although he did complain about audio quality. He invited fans to listen to his music on Amazon and Apple Music, where payouts to artists are larger but not exactly lavish. Ross Grady, a mainstay of the North Carolina music scene, got to the heart of the matter on Twitter: “I love that people are looking for alternatives to Spotify and I don’t know how to explain to them that it has never been ethical or sustainable to expect to have unfettered access to the entire history of recorded music for $10/month.”

Aunque las protestas son bien recibidas, no abordan la injusticia fundamental de la economía de la música en continuo. Young no mencionó la estructura de pagos de Spotify en su declaración, aunque sí se quejó de la calidad del audio. Invitó a sus seguidores a escuchar su música en Amazon y Apple Music, donde los pagos a los artistas son mayores pero no precisamente fastuosos. Ross Grady, un pilar de la escena musical de Carolina del Norte, llegó al meollo de la cuestión en Twitter: "Me encanta que la gente busque alternativas a Spotify y no sé cómo explicarles que nunca ha sido ético ni de recibo esperar tener acceso sin restricciones a toda la historia de la música grabada por 10 dólares al mes".

To be sure, the issue that Young brings up is real and dire. Rogan has argued that “healthy” young people don’t need to get vaccinated for COVID-19; he has advocated using the antiparasitic drug ivermectin against the virus; and he has claimed that COVID vaccines increase the risk of myocarditis. The epidemiologist Katrine Wallace has called Rogan a “menace to public health.” Over the weekend, Daniel Ek, Spotify’s billionaire C.E.O., promised to provide a “content advisory” for podcast COVID discussions, while falling back on a predictable defense: “It is important to me that we don’t take on the position of being content censor.” The Big Tech companies routinely hide behind free-speech rhetoric when something ghastly is said or done on their platforms. It is a cowardly song and dance that Shoshana Zuboff brilliantly lacerates in “The Age of Surveillance Capitalism.”

Sin duda, el problema que plantea Young es real y grave. Rogan ha argumentado que los jóvenes "sanos" no necesitan vacunarse contra el COVID-19, ha defendido el uso del medicamento antiparasitario ivermectina contra el virus y ha afirmado que las vacunas contra el COVID aumentan el riesgo de miocarditis. La epidemióloga Katrine Wallace ha calificado a Rogan de "amenaza para la salud pública". Ese mismo fin de semana, Daniel Ek, el multimillonario director general de Spotify, prometió ofrecer una "asesoría de contenidos" para las discusiones sobre COVID en los pódcast, al tiempo que recurría a una justificación previsible: "Para mí es importante que no asumamos la posición de ser censores de contenidos." Las grandes empresas tecnológicas se escudan habitualmente en la retórica de la libertad de expresión cuando se dice o se hace algo espantoso en sus plataformas. Es una cantinela cobarde que Shoshana Zuboff laceró brillantemente en La era del capitalismo de la vigilancia.

Ek makes for a quotable villain, yet the rage against Spotify falls into a familiar American pattern: instead of addressing systemic issues, we stage morality plays involving the misdeeds of individuals. One miscreant falls, another rises, and the song remains the same. Young, to his credit, has made a quantifiable sacrifice: without Spotify, his royalties will suffer, although he may receive a compensatory boost from youngsters who approve of his stance. Are consumers willing to sacrifice as well? The magic of Spotify is its convenience. You can get almost any music you want, any time. Apple Music offers you the same gorgeous infinitude. What if, in order to support musicians that you care about, you were asked to give up the very idea that all music should be available on demand?

Ek se convierte en un villano digno de ser citado, pero la rabia contra Spotify cae en un patrón estadounidense bien conocido: en lugar de abordar los problemas sistémicos, escenificamos juegos de moralidad relacionados con las fechorías de los individuos. Un malhechor cae, otro sube, y la canción sigue siendo la misma. Young, a su favor, ha hecho un sacrificio cuantificable: sin Spotify, sus derechos de autor se verán afectados, aunque puede recibir un impulso compensatorio de los jóvenes que aprueben su postura. ¿Estarán los consumidores dispuestos a sacrificarse también? La magia de Spotify es su comodidad. Puedes obtener casi toda la música que quieras, en cualquier momento. Apple Music te ofrece la misma magnífica infinitud. ¿Qué pasaría si, para apoyar a los músicos que te gustan, te pidieran que renuncies a la idea de que toda la música debería estar disponible a la carta?

There may be no going back. One of the original sins of the Internet era was the radical devaluation of musical labor that took place with the rise of Napster. A couple of generations have come of age with the expectation that music is not something you should have to pay for. The morality play of that era involved the misdeeds of record labels, who had a long history of exploiting musicians, and who responded to file sharing by suing college students. Goliath was slain; music was liberated. The major labels soon had their revenge, though. Napster was shut down, and more corporate-friendly regimes took its place. Apple’s iTunes, which came first, was more than fair in its payments to artists: if you owned your masters, you could get seventy cents on the dollar. But it ripped music out of context, reducing physical recordings to bundles of data. Spotify completed the cycle of devaluation, reducing payouts to almost nothing and obliterating artistic identity through the operation of its notorious algorithm.

Puede que no haya vuelta atrás. Uno de los pecados originales de la era de Internet fue la devaluación radical del trabajo musical que tuvo lugar con el auge de Napster. Un par de generaciones han llegado a la mayoría de edad con la expectativa de que la música no es algo por lo que haya que pagar. El juego de moralidad de esa época tenía que ver con las fechorías de las discográficas, que tenían un largo historial de explotación de los músicos, y que respondieron al intercambio de archivos demandando a los estudiantes universitarios. Goliat fue abatido; la música fue liberada. Pero las grandes discográficas no tardaron en vengarse. Napster se cerró, y otros regímenes más favorables a las empresas ocuparon su lugar. El iTunes de Apple, que llegó primero, era más que justo en sus pagos a los artistas: si eras dueño de tus grabaciones, podías obtener setenta centavos de dólar. Pero sacó la música de su contexto, reduciendo las grabaciones físicas a paquetes de datos. Spotify completó el ciclo de devaluación, reduciendo los pagos a casi nada y borrando la identidad artística mediante el funcionamiento de su consabido algoritmo.

The singer-songwriter and author Damon Krukowski, who has been my chief guide to the streaming racket for a decade, delivers a scalding summary in his latest newsletter: El cantautor y escritor Damon Krukowski, que ha sido mi guía principal en el tinglado de la emisión en continuo durante una década, ofrece un resumen escalofriante en su último artículo:
Spotify used the financial model of arbitrage to obtain a cheap if not free product—digital music—and resell it in a new context to realize profit. In other words, Spotify’s profit requires that digital music have no value. Spotify continually talks down the value of music on their platform—they offer it for free; they tell musicians we are lucky to be paid anything for it; they insist that without their service, there is only piracy and zero income.
Spotify utilizó el modelo financiero de arbitraje para obtener un producto barato, si no gratuito, la música digital, y revenderlo en un nuevo contexto para obtener beneficios. En otras palabras, el beneficio de Spotify pasa por que la música digital no tenga ningún valor. Spotify no hace más que rebajar el valor de la música en su plataforma: la ofrece gratis; y nos dice a los músicos que tenemos suerte de que nos paguen algo por ella e insiste en que, sin su servicio, sólo hay piratería y cero ingresos.
Add to this the fact that Spotify, like all forms of streaming, is environmentally destructive, consuming more energy than the music-distribution systems of previous eras.

A esto hay que añadir que Spotify, como todas las formas de emisión en continuo, es medioambientalmente dañino, ya que consume más energía que los sistemas de distribución de música de épocas anteriores.

When revenues from record sales plummeted, artists were told that they could still make a decent living from touring, merchandising, and so forth. Ek gave further sage advice in a 2020 interview: “You can’t record music once every three to four years and think that’s going to be enough . . . It is about putting the work in, about the storytelling around the album, and about keeping a continuous dialogue with your fans.” He went on to suggest that artists emulate Taylor Swift, who, with the release of “folklore,” had just scored nearly ninety-eight million streams in a single day. The message is clear enough: to thrive in the streaming era, all you need to do is to attain such mammoth, oxygen-depleting fame that a piddling four-tenths of a cent can be multiplied into hundreds of thousands of dollars. To those with much, more will be given. The coldness of the logic became starkly clear when the pandemic shut down touring, wiping out those who were eking out a livelihood on the road.
Cuando los ingresos por la venta de discos cayeron en picado, se dijo a los artistas que aún podían ganarse la vida decentemente con las giras, la promoción comercial, etc. Ek dio otro sabio consejo en una entrevista de 2020: "No se puede grabar música una vez cada tres o cuatro años y pensar que eso va a ser suficiente... Se trata de trabajar, de contar historias en torno al álbum y de mantener un diálogo continuo con tus seguidores". Y continuó sugiriendo a los artistas que emularan a Taylor Swift, quien, con el lanzamiento de Folklore, acababa de conseguir casi noventa y ocho millones de reproducciones en un solo día. El mensaje es bastante claro: para prosperar en la era de la música en continuo, todo lo que hay que hacer es alcanzar una fama tan descomunal, tan aplastante, que unas insignificantes cuatro décimas de céntimo puedan multiplicarse en cientos de miles de dólares. A los que tienen mucho, se les dará más. La frialdad de la lógica se puso de manifiesto cuando la pandemia cerró las giras, acabando con los que se ganaban la vida en la carretera.

Spotify, like Facebook and Amazon, has the advantage of being odiously indispensable. No matter how much people grow to hate the service, they cannot envision life without it. Those who have jettisoned their record collections are unlikely to begin buying individual albums again. This cycle of addiction and dependence is at the core of Big Tech’s domination, together with the well-worn argument of technological fatalism: change is inevitable, resistance is futile, the empire always wins. Odium can, however, motivate political action. The Union of Musicians and Allied Workers has been making incremental progress with its “Justice at Spotify” campaign. A parliamentary inquiry into the economics of music streaming was launched in the U.K. in 2020, and a U.N. report includes a proposal for a dedicated streaming royalty. In the meantime, equitable alternatives exist: Bandcamp, Resonate, Ampled.

Spotify, al igual que Facebook y Amazon, tiene la ventaja de ser odiosamente indispensable. Por mucho que la gente llegue a odiar el servicio, no puede imaginarse la vida sin él. Los que se han deshecho de sus colecciones de discos es poco probable que vuelvan a comprar álbumes concretos. Este ciclo de adicción y dependencia es el núcleo de la dominación de las grandes tecnológicas, junto con el trillado argumento del fatalismo tecnológico: el cambio es inevitable, la resistencia es inútil, el imperio siempre gana. Sin embargo, el odio puede motivar la acción política. El Sindicato de Músicos y Trabajadores Afines ha ido avanzando poco a poco con su campaña Justicia en Spotify. En 2020 se inició en el Reino Unido una investigación parlamentaria sobre la economía de la música en continuo y un informe de la ONU incluye una propuesta para un canon específico para la emisión en continuo. Mientras tanto, existen alternativas equitativas: Bandcamp, Resonate, Ampled.

You can also do the old-fashioned thing and buy an album. I recently wrote about Stephen Hough’s superb recording of the Chopin Nocturnes, on the Hyperion label. Hyperion is one of relatively few labels that have stood aloof from the streaming world; they don’t even participate in IDAGIO, a classical-only service. Simon Perry, the label’s director, told Strings magazine, “Everybody reads about how brilliant streaming is for the record business. It’s not. We spent £1.4m . . . last year just to get the audio made. I’ve got to generate the income from sales to pay for that audio. If I turn on streaming, I’ll never pay for that.” On Twitter, Hough offered a more specific explanation for his album’s absence from most streaming services: “We had to pay the piano tuner :-).”

También se puede hacer a la antigua usanza y comprar un álbum. Hace poco escribí sobre la magnífica grabación de los Nocturnos de Chopin de Stephen Hough, en el sello Hyperion. Hyperion es uno de los pocos sellos que se han mantenido al margen del mundo de la música en continuo; ni siquiera participan en IDAGIO, un servicio exclusivo para música clásica. Simon Perry, director del sello, declaró a la revista Strings: "Todo el mundo lee lo estupendo que es la emisión en continuo para el negocio discográfico. No lo es. El año pasado gastamos 1,4 millones de libras esterlinas sólo para hacer el audio. Tengo que generar los ingresos de las ventas para pagar ese audio. Si pongo en marcha la música en continuo, nunca lo pagaré". En Twitter, Hough ofreció una explicación más específica para la ausencia de su álbum en la mayoría de los servicios de música en continuo: "(en cada reproducción) Hemos de pagar al afinador de pianos :-)".

1 comentario:

ivaxavi dijo...

Gràcies, Tasio. Gracias por compartir tu trabajo en esta Playa.